Hace un año leí este artículo dónde se hizo el paralelismo entre Artur Mas y el bolchevique Kerensky, se situaba al ex-presidente de la Generalitat Catalana en medio de una Esquerra Republicana (haciendo comparativa con los mencheviques) y la izquierda mucho más radical, de carácter anarquista y asambleario (haciendo comparativa con los bolcheviques, aun que el artículo dice que es el partido menos leninista por el mero hecho de ser partidario de las asambleas), congregada por partidos de pueblo como la CUP. Artur Mas se disfrazaba de Kerensky contemporáneo entre dos aguas que, finalmente, decidió dejarse caer en las manos de la desobediencia, simplemente para ahogar los posibles fuegos revolucionarios por parte de la izquierda más radical. Un sueño casi cumplido de la burguesía catalana de ganarse un Estado independiente con suficiente poder adquisitivo. Kerensky, en su momento, no tardó mucho a ser destruido por los bolcheviques, así como le pasó a Artur Mas.
Recordamos, entonces, que la Revolución Rusa empieza en consecuencia de una autocracia que estaba retratando el progreso del país, que ya de por si era heterogéneo, pobre, sin recursos necesarios ni tecnológicos cuando por aquellos tiempos la Revolución Industrial ya había impactado como una granada en el viejo continente europeo. El territorio ruso tan solo beneficiaba a una mísera parte de la sociedad: la querida aristocracia y la clase noble. No hace falta darle muchas vueltas para entender que la actitud revolucionaria por parte de su pueblo fue impulsada por una clase burguesa impaciente por prosperar y ganar más dinero para satisfacer sus deseos empresariales pre-capitalistas y comerciales.
La burguesía siempre ha dominado económicamente, sin embargo parece que hoy en día cueste de admitir. En la gloriosa Revolución Francesa todo sucedió de la misma manera, con una tímida queja por parte de clase media y, más tarde, la clase baja al verse identificada, por fin, habiendo formado una capa social con suficiente reconocimiento y voz. Se unieron, pobres y ricos, pensando que la revolución lucharía contra todas esas horribles desigualdades provocadas por una monarquía absolutista, tan solo hay que admirar el Palacio de Versalles, mientras que simplemente se hacia lo imposible para satisfacer los intereses de algunos nobles que no estaban contentos con las nuevas reformas. Esta trama empieza a afirmarse cuando los revolucionarios se dividen en diferentes clubes -como dirían aquí los compañeros británicos- o partidos. La burguesía se suele mantener al margen, de la manera más moderada, con el rabo entre las piernas y las manos escondidas, ya que debe flirtear con los cargos más importantes. La burguesía es una clase emprendedora y muy avispada, que sabe ensimismar la clase obrera para obtener apoyo y, como hemos dicho antes, a la otra le sirve de referente en el conjunto del marco político. Esta, constituiría el partido liberal, interesado por temas económicos y políticos. Mientras que la clase obrera, de campesinos y trabajadores industriales, el pueblo salvaje y autóctono, luchará contra las discriminaciones sociales y las crueles mofas de la nobleza rococó.
En el artículo se designa la burguesía como volátil, inestable, vaporizada, oxigenada, mutable y dependiente de los cambios que suceden en el meollo político estatal. Se decantará en una parte u otra de la bascula filtrando ante cuales son los beneficios que podrá obtener, cuales le favorecen o dónde podrá sacar más provecho. Todo son conveniencias pero limpias, esta clase social que surgió en los alrededores del siglo XVII, nunca se ha designado como mesiánica, líder o salvadora de los que se morían de hambre mientras sus bolsillos se llenaban de calderilla. Se supo mantener callada en su rincón defendiendo a muerte la ambiciosa economía, sin meterse en el ungüento político escabroso lleno de problemas morales y filosóficos.
http://www.elmundo.es/economia/2015/11/15/5643868aca474198528b45b6.html


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