La influencia del cristianismo en la época bizantina

La influencia del cristianismo en la época bizantina

El cristianismo supuso para el Imperio Bizantino una nueva perspectiva en el ámbito político y religioso establecido en el régimen del antiguo Imperio Romano. Antes de la caída de este, no fueron solamente las crisis sociales y económicas las que cogieron un papel importante en su proceso de destronamiento; fueron también los rituales mitológicos y el politeísmo las que minaron la moral del pueblo romano.

Catedral de Santa Sofía, Istanbul

En muchas ocasiones la religión romana tomaba un papel demasiado político y civil; sus presuntos sacerdotes eran a la vez jefes de Estado, emperadores o magistrales impartiendo educación lo cual durante siglos posteriores seguirá siendo de la misma manera.

En tiempos de crisis estas celebraciones no proporcionaban a la sociedad una seguridad espiritual. El pueblo, en consecuencia a esta indigencia, no conseguía sentirse protegido o totalmente realizado, hasta se sentía impuro al practicar la religión. Este desconcierto y desesperación fue unos de los principales motivos que condujo al cristianismo a su consolidación. Rápidamente, se difundió por toda la faz del Imperio atrayendo fácilmente millones de seguidores.

Cristo Pantocrator del ábside de Santa María de Boí Taüll, Cataluña

La nueva influencia judeocristiana se basaba en la fe y al amor hacia un solo Dios, ideales que revolucionaron a los grandes emperadores, considerados descaradamente como divinidades, y a la mayoría de sacerdotes romanos, ya que se les dejaba de lado, ignorando su gran importancia. El cristianismo era una exquisita amenaza al gobierno de los romanos y a sus máximos representantes.

 

Nerón, emperador del Imperio Romano. Cruel tirano y perseguidor de los practicantes cristianos

Los altos cargos pensaban que esta nueva influencia podía llegar a corromper a su civilización, haciéndoles perder su credibilidad y respeto. Cuestión de poderes. Posteriormente, este temor surgido de la inseguridad de sus egos, provocó las sádicas persecuciones contra los seguidores de Cristo. Los tiempos más terribles y cueles que se presenciaron fueron durante el Gobierno de Nerón (siglo I d.C). El tirano fue muy severo contra las herméticas reuniones. Crímenes, castigos y múltiples humillaciones, desembocaron en una persecución de exterminio discriminatoria.

Más tarde, emperadores como Trajano o Adriano, más indulgentes, toleraron la práctica de los actos religiosos cristianos como una opción paralela a la religión pagana politeísta.

Constantinopla remite el antiguo nombre de la ciudad de Istanbul

El 395 d.C el Imperio Romano, sufriendo su desgaste, se dividió entre Occidente y Oriente. Estas divisiones causaron que cada una de las dos partes cogiera un rol distinto tanto en ámbitos sociales, militares, económicos o ideológicos. El 476 d.C, Occidente finalmente quedó reducido en tres centros de poder, mientras que la parte oriental se vio reflejada en su máxima esplendor, convirtiéndose en la principal potencia de los territorios mediterráneos. Constantino, emperador del imperio de Oriente, hizo emerger de la nada una ciudad bautizada como Constantinopla, haciendo honor a su nombre; un centro político y militar que más tarde fue la capital del nuevo Imperio Bizantino. El territorio estaba desintegrado por la abundancia de diferentes creencias, sobretodo por la cristiana pero también por las heredadas religiones politeístas helenistas y paganas, a la vez que judía, germánicas y litúrgicas. Las discrepancias y la mezcla de culturas finalizaron durante el legado de Justiniano, que, motivado por renovar el imperio, introdujo el cristianismo como religión oficial.

El Imperio Bizantino cogió un carácter independiente, separándose cada vez más de Occidente. Sobretodo por causa de distinciones, tensiones y su anclaje a las doctrinas paganas. Aun así, siguió manteniendo un modus vivendi muy romano pero de manera ajena al arcaico imperio fundado por Rómulo y Remo.

Mosaico del emperador Justiniano I, Basílica de San Vitale, Ravena

Por lo que hace a el arte, Oriente recoge tendencias griegas y helenistas, romanas y paleocristianas. Es producto de la combinación de estas corrientes, permitiendo una riqueza cultural y un bagaje artístico muy importante.  Gracias a esta diversidad, la arquitectura se adecuará a los existentes edificios de cultos como las basílicas romanas y a la religiosidad, en este caso totalmente cristiana. Las principales construcciones fueron monumentales palacios y ostentosas iglesias. La escultura se reservará para objectos de orfebrería destinados a la glorificación del emperador pero dónde influenciará más el cristianismo será en la pintura y en los mosaicos. Estos dos elementos artísticos, muy vinculados a la creencia, se realizaban con el deseo de resaltar la espiritualidad de los personajes, representados de manera idealizada con colores dorados y lucientes para así mitificarlos y darles un toque divino. No obstante, eran figurar rígidas, con ornamentaciones expectantes y exageradas sin profundidad ni volumen, carentes de perspectiva y sin una pizca de pathos. El gusto bizantino por la suntuosidad ornamental exigía el revestimiento de los muros con extraordinarios mosaicos, no sólo para esconder la pobreza de los materiales utilizados y la austeridad exterior de los edificios, si no como un medio para expresar que la religión tanto como el imperio tenía gran poderío.

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Basílica de San Vitale de Ravenna, Italia

La iglesia de San Vitale a Ravenna, unas de las muestras más clarificadas del arte bizantino, fue reformada para conmemorar la victoria cristina contra los ostrogotos. Se trata de una iglesia de planta octagonal cubierta con una cúpula y contiene una nave de circunvalación, un ábside adyacente a sus costados y un nartex al lado opuesto. Los capiteles y cimacios (moldura encorvada en forma de S) fueron trabajados con barreno y se representan sinalefas vegetales y figuras de animales alegóricos.

Para aportar iluminación al interior, la basílica tiene pequeños oculos y ventanas. Lo más destacado, sin duda, son los mosaicos que cubren sus muros. Especialmente los que representan a Justiniano y a su esposa Teodora, toda una obra maestra de la pintura bizantina. Éstos forman parte de un programa iconográfico dónde constan escenas de la Bíblia y diferentes símbolos litúrgicos.

La obra culminante de la arquitectura bizantina fue la Basílica de Santa Sofia, en la cual se manifestaba el poder del imperio teocrático planificada y construida por arquitectos cono Antemi de Trales e Isidor de Milet. En éste contexto, el templo fue planteado como símbolo emblemático como poder imperial y ofrenda a Dios, por haberla hecho posible. Durante la invasión musulmana y el movimiento de la iconoplástia, prohibición de las representaciones divinas, se transformó en una mezquita. Hoy en día la gozamos como museo del centro histórico de Istanbul.

El cristianismo desmanteló las obras arquitectónicas romanas de carácter monumental, glorificantes de muchos dioses, cada uno con una particularidad propia y diferente… Dando paso a edificios de culto dónde los humanos iban a buscar la compasión, la comprensión, un consejo, librarse de los pecados cometidos, un poco de fe. Más allá de las creencias paganas con un diálogo determinante y una mitología poco tangente a la vida de las mismas personas, demasiado lejana. La influencia cristiana impulso a que se construyeran lugares dónde los seguidores interactuaran espiritualmente de una forma más cercana, conectar con su dios, sentirse acogidos como en casa.

 

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