Sobre Walter Benjamin: La obra de arte en su época de reproductibilidad técnica.

Sobre Walter Benjamin: La obra de arte en su época de reproductibilidad técnica.

«La felicidad universal mantiene en marcha constante las ruedas,

los engranajes; la verdad y la belleza, no».

Aldous Huxley, Un mundo feliz (1932)

Walter Benjamin (1892-1940) vive una vida perseguida por la desgracia (y así será hasta el día de su muerte, que perseguido por los nazis en la frontera francesa decide suicidarse y morir en la resistencia), en la que se empeñará en huir del ocultismo, desvelar verdades y esclarecer ideas vacías inducidas en un momento histórico absorto en el naciente fascismo, que sube rápidamente las escaleras del éxito. Sin olvidarnos del capitalismo, que lleva a cabo una cruzada unificadora por todo el globo terráqueo. Es evidente que nos hallamos ante un contexto delicado y complejo, en el que la industria de la cultura mediante nuevos mecanismos intenta controlar las mentes, las cuales abduce y manipula a su menester.

La Escuela de Frankfurt ˗dónde comparte docencia con autores como Max Horkheimer, Habert Marcuse, Erich Fromm, Jürgen Habermas o Theodor Adorno˗ le enseña, en mayor parte, a tratar la realidad des de una visión crítica como la alternativa perfecta para combatir la sociología burguesa. De ese ambiento electo surgen reconocibles teóricos, todos con un »supuesto» deber concreto, el de conducir la sociedad a una realidad sin injusticias ni demagogias. Éstos intelectuales son herederos de las teorías de Karl Marx, y constantemente muestran su poder emancipatorio que pelea crudamente para recuperar la autonomía individual. Sin embargo, Walter Benjamin a medida que su personalidad filosófica se irá fortaleciendo, también se irá alejando de su lugar de origen. Hasta el punto de que se considerará opuesto al funcionalismo, un tanto limitado, que predicaba dicha institución. Es en los instantes siguientes cuando se queda perplejo con el movimiento de las nuevas vanguardias y descubre que existe una relación entre el arte y la práctica política. Ante esa nueva concepción, Bejamin sueña con un mundo en el que el arte impulse el cambio y la libertad, y no que sea un arma ni del poder ni del fascismo.

En La obra de arte en su época de reproductibilidad técnica, publicada en 1936, el principal concepto del cual se desenreda la compleja teoría benjaminiana es la denotación de una importante pérdida del aura en las obras de arte contemporáneas. Hay una transformación radical que se desprende de la contemplación idealista del arte y que da paso a una estética incapaz de sobrevivir sin la reproducción sistemática y en serie de la imagen. Él percibe un cambio drástico de la concepción del arte, inducido mayoritariamente por los avances técnicos ˗Benjamin declara como principales culpables la imprenta, el cine y la fotografía˗ y las transformaciones sociales ˗es decir, el surgimiento del público de masas, el capitalismo como herramienta de la política, la pérdida de la autonomía de los espectadores, la masificación del arte, etc.

Hay que matizar que el capitalismo no tiene por qué ser el motivo principal de la técnica de copia y reproducción del arte. En principio, y el mismo autor lo afirmaba, cualquier obra de arte ha sido reproducible. Benjamin quiere que recordemos el pasado cultural y religioso de la obra de arte, dónde se le dedicaba cierto rito simbólico, una importancia casi de veneración. El culto a la obra es lo que hacía que ésta contuviera un misterio críptico y una unicidad irrepetible, hecho que en las obras contemporáneas es prácticamente imposible sentir ni percibir. Entonces, ¿qué es lo que ha acabado provocando este cambio? Benjamin retracta el deseo de lo instantáneo, la persecución de distancias menores provoca la pérdida de la unicidad de los objetos. Todo lo que tiene un valor requiere un tiempo de reproducción y por ende, de apreciación.

El hic et nunc, el concepto de autenticidad de cada obra se desvanece a medida que el progreso tecnológico avanza de la mano de los intereses políticos. Benjamin insiste en el hecho de que se puedan plasmar obras exactas en serie ha provocado que esas piezas que un día fueran únicas ahora sean más bien anónimas y universales. Con dicho fenómeno, se pierde la singularidad de la obra, muere la individualidad del artista y el momento previo a la creación. El ritual ya forma parte del proceso de producción de las industrias. Hasta parece que prediga el apocalipsis del libertinaje artístico y el comienzo de una nueva era monopolizada por el capital.

Inversamente, la cuestión que le preocupa es que el progreso no debería encadenar el arte a unos fines ni políticos ni económicos. El mayor problema yace justamente ahí: en lo que parecía que iba a liberar la obra y otorgarle autonomía, al final ha parecido ser una trampa de la industria del fascismo, en el que todos acabamos siendo unánimes y en el que el arte es meramente una herramienta de poder sin trasfondo, sin esencia, sin nada más. El pintor vanguardista André Bretón, por ejemplo, afirmaba que cada técnica tiende hacia una determinada forma de hacer arte. Seguramente en un futuro el arte que conocemos hoy en día se concebirá con una función totalmente diferente. No obsante, lo que crítica en este punto Benjamin, es que se haya abandonado la idea romántica de «el arte por el arte» y que éste se haya mercantilizado tan rápido como se han constituido las industrias capitalistas.

Antes hemos comentado que el capitalismo, el fascismo y otros totalitarismos que también entran en el saco de proveedores de la cultura de masas, no tienen por qué ser el principal detonante de la masificación del arte ni de la absorción de los espectadores. Sin embargo, sí que se gesta un caldo de cultivo que fomenta dichas consecuencias. Para Benjamin no es extraño que la industria cinematográfica surja en un contexto capitalista ya que necesita influir en las masas para poder constituirse y más en la época en la que surge. El cinema no existe sin un gran número de espectadores. La crítica que hace sobre dicha variante artística es, en realidad, muy profunda. Se da cuenta que mientras el cinema se sostenga en la participación de las masas, no tendrá nada de progresista ni revolucionario. Al contrario. Su principal función es la distracción de las masas, busca sumergirlas para alienarlas y así poder controlar sus mentes, sus pensamientos y sus incertidumbres. Y esto me recuerda a la cinematogríafica lineal nazi de una sola trama preestablecida al gusto de los generales. En la película de Tarantino, Malditos Bastardos (2009) se refleja con mucha picardía el egocentrismo de los nazis al querer aparecer en la gran pantalla. El mismo Duhamel comentaba sobre el cinema «Yo no puedo pensar eso que quiero pensar. Las imágenes móviles han ocupado el espacio de mi pensamiento». El arte pierde no tan solo su aura, sino también su característica de emancipación reflexiva. El espectador se convierte, otra vez, en un animal que descubre el fuego por primera vez. Queda impactado por lo nuevo, es algo que no puede comentar ni indagar ya que no conoce. Por ende, este acaba siendo un instrumento agresivo contra el observador, una herramienta de control y de organización social.

Lo más alarmante de la obra en vista general es que Benjamin fuera capaz de describir la realidad del siglo XXI con tanta soltura y naturalidad. Si pudiera ser testigo del panorama actual, se llevaría una verdadera sorpresa al ver que sus predicciones no solamente se han cumplido, si no que han intensificado gracias a la globalización. Theodor Adorno, otro discípulo de la Escuela de Frankfrut, también anunciaba simultáneamente el poder demagógico y masificador de la industria del cine y las imágenes seriadas. Lo describía como un efecto narcótico que obnubilaba el espectador, dejándolo incapaz de controlar sus estímulos. Para ambos teóricos, la industria de cultura es un engranaje más de la máquina alineadora del fascismo, el instrumento más importante de manipulación de consciencias. No obstante, Adorno, sin tener en cuenta el gran apego que tenía hacia su amigo, prefería alejarse del misticismo en el que se apoyaba la tesis benjaminiana y defendía mayoritariamente el discurso de la crítica como instrumento desmitificador de la sociedad capitalista y el arte como un antídoto contra la alineación de personas. Probablemente el excentricismo de Benjamin es lo que lo hace distinto a los demás pensadores de la escuela alemana.

Es frecuente oír decir que la lectura de Benjamin es un tanto complicada. Para comprender el desarrollo de su pensamiento debemos dejarnos llevar por una especie de senda introspectiva que se presenta aparentemente vaga y sin rumbo. Su forma de presentar las ideas tratadas es bastante llamativa, lejana a lo sistemático, particular y desalineada. No obstante, no es motivo para descalificar su obra por el mero hecho de pecar de redacción atípica, puesto que su teoría nunca ha dejado de ser enriquecedora ni potencialmente transcendental para la nueva visión del arte a partir de los comienzos del siglo XX.

A Walter Benjamin no le hace falta escribir de forma esclarecedora ni práctica. El es un pensador futurista, apegado a las vanguardias, un revolucionario que se desentiende que algo que está establecido. Su aportación a la teoría del arte le hace estar en una categoría privilegiada y su biografía nos desvela que es mucho más cercano a nosotros de lo que pensábamos.

Benjamin curiosamente es uno de los primeros pensadores que demuestra poseer una precepción amplia y evolucionada, capaz de retratar con mucha anticipación el surgimiento de la nueva cultura de masas y de percibir de antemano cómo se presenta el futuro capitalista. Sin embargo, y aunque sea contrario a lo que pueda parecer, él no descartaba del todo el progreso ni lo veía como algo nocivo. Solamente criticaba el uso de las nuevas técnicas como causas de la pérdida del aura y la voluntad artística, Kunstwollen, que había constituido de forma natural gran parte del legado único de la historia del arte. El problema se encontraba justamente el la praxis política, empeñada en proveer el arte como un objeto de consumo. La reproductibilidad de las obras consigue que olvidemos la memoria y el pasado de las obras, destierra el arte de su autenticidad y lo reduce a una forma muy básica de esterilización política encabezada por las grandes potencias.

Al leer a Benjamin se puede percibir cierta negatividad, puede parecer que su presente esté a punto de deconstruirse, que anuncie el fin del arte como una práctica que mezcla sentimientos y técnica, para tornarse únicamente en técnica con fines superfluos. Esta connotación decante se puede entender ya que en su contexto es cuando florecen los mayores totalitarismos que se han vivido en la historia y claramente esos nacientes regímenes amenazaban el progreso, la posibilidad del futuro y limitaba peligrosamente las expresiones libres. Aun que sea comprensible esta percepción más negativa, personalmente consigo divisar un rayo de luz y esperanza en las palabras sepultadas y sin retorno de Walter Benjamin. No hay que reflexionar mucho, sino atenernos a su biografía y relacionarla con lo que dicta. De ese coctel, sacamos una sabrosa personalidad involucrada profundamente en sus pasiones, con un mundo interior rico e inagotable, una mente que nunca se cansa de alimentarse de conocimiento y un alma rebelde que no se rinde nunca, que es persistente hasta el final. A todo esto, es preciso y oportuno recordar el día y la forma de su fallecimiento. Solamente para entender que sus palabras no solo son quejas, sino un reclamo a una sociedad que estaba a punto de caer en la trampa alineadora del capitalismo y que al final cayó ciega a sus encantos superficiales.

Benjamin se encontraba huyendo de la Gestapo en la frontera catalano-francesa, los Pirineos occidentales, cerca de una localidad llamada Portbou. Corría el 26 o 27 de septiembre del 1940 y su idea en aquel instante era la de escapar por España. Aunque muchos de sus amigos le ofrecieron cobijo en el exilo, por ejemplo, el matrimonio Adorno. Pero Benjamin se negaba rotundamente. Según él, en el continente aún hacía falta mucha resistencia. Él no iba a desistir, como nunca hizo en sus obras aún que no siempre fuese comprendido. Curiosamente durante esos mismos días fue la única vez que los fascistas cerraron las fronteras. Benjamin, mártir de aquellos que eran capaces de ver una brecha capaz de frenar los absurdos y miserablemente crueles acontecimientos, decidió quitarse la vida.

Por más que sea triste el fin de la trayectoria de su vida, lleno de atropellos y sin serenidad, éste desprende sin intenciones cierta belleza, pasión, autenticidad y fidelidad. Porque demuestra que creía en lo que predicaba, que hasta que no tuvo más alternativa luchó impulsado por la esperanza de un nuevo mañana, en el que solo hacía falta desprenderse de lo que nos han inculcado, lo que nos han hecho creer que es real y correcto. Una vez limpiemos nuestras miradas de velos inútiles y que seamos capaces de ir más allá de lo prestablecido, seremos capaces de conseguir nuestra redención, nuestra libertad. Y recuperaremos esos valores auténticos, las auras que hemos abandonado por el camino, que hoy en día tanta falta nos hace.

Hoy por hoy, seguimos avanzando en esta concepción lineal del tiempo, hasta podríamos decir que hay veces que nos avanzamos. Pero cierto es que ya hace tiempo que hemos dejado lo auténtico atrás. La tecnología avanza, pero la humanidad sigue, por desgracia, absorta y alienada, sin indicios de cambiar.

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