Nietzsche, Black Lives Matter

Nietzsche, Black Lives Matter

Nietzsche está en desacuerdo con su contemporaneidad y eso es lo que le hace contemporáneo. Ofrece una mirada distante y objetiva, proyectándose al futuro. En Gaya Ciencia, decía: «Vengo demasiado pronto… aún no es mi tiempo». Y, efectivamente, no lo era porque Nietzsche percibía de manera negativa lo que la sociedad entendía como cultura histórica: la religión, las estructuras más arcaicas de control y organización de la sociedad. La metafísica occidental tiene una moral específica y según Nietzsche, ésta ha engendrado su propia ficción. Estos valores se oponen a la vida y es, por lo tanto, basada en una mera apariencia ilusoria. En “Humano, demasiado humano”, Nietzsche formulaba el siguiente aforismo sobre el mundo metafísico:

«Son los peores métodos de conocimiento, los que han enseñado a creer en estas hipótesis. Desde que se revelaron estos sistemas como fundamento de todas las religiones y metafísicas existentes, se les refutó. A pesar de todo la referida posibilidad subsiste siempre; pero de ella no se puede sacar nada, salvo que se quiera hacer depender de la felicidad. […] no se puede explicar nada del mundo metafísico.» (1986: 23-24)

El pensamiento vitalista de Nietzsche se opone firmemente a la culpa [como castigo del no-conocimiento, la no vislumbración] del pensamiento idealista platónico, ya que opina que atentan contra la creación y contra la voluntad intempestiva. La división platónica crea una jerarquía inherente que luego se transplanta en el neoplatonismo con la idea de “supraesencia”, por encima de toda la inteligencia y del mundo material.

Nietzsche nos propone el método genealógico que le sirve para criticar todos los ideales que nos someten. A costa del dolor, los cuerpos, como animales, se domestican. El ser humano ha experimentado un dolor insoportable a lo largo de la historia y no solamente a través de las guerras, el esclavismo o masacres sistematizadas. La lucha por el control mental ha performado normas de comportamiento específicas que castigan el lenguaje, la mente y el cuerpo Platón nos introduce la teoría ontológica para perseguir el bien. Aristóteles nos enseñaba a vivir a partir de la mimesis, aprender observando e imitando. La virtud de hacer el bien. El cristianismo introdujo la posteridad celestial. Pero estas ideas de bondad solo son castraciones de la verdadera autonomía individual. Se aplica la tortura para subyugar los posibles brotes libertinos, el cuerpo debe pagar la pena y se le ofrece una falsa libertad, cuando ya yace dominado, pero no es libre de crear.

La idea perseguida, el objetivo a alcanzar, siempre es el bien, pero estas doctrinas no asumen que la vida contiene matices dolorosos y que existen desviaciones. Hay, según Nietzsche, una autoridad que nos obliga a culparnos bajo el mandato de un bien impuesto, instaurándonos unos valores externos. Nietzsche nos propone demoler estos valores de una manera activa y violenta. Poner fin a un legado cultural que no hemos conformado de forma autónoma. El verdadero ímpetu se encuentra en la creatividad que demoler las murallas de la arquitectura de una falsa felicidad, despedazar los presuntos ideales.

«El pueblo necesita hombres que le den el ejemplo: y, por otra parte, desde si y des de todo lo que tiene que superar en sí, desde lo que ha interpretado como el ideal de quien se supera con éxito, ha sacado una especie de criterio para su tipo de hombres superiores. Hay allí un gran peligro. Seamos sinceros y confesémonos por qué Cristo, p. ej., es solo un ideal del hombre común» 5[32] (2006: 155)

El método genealógico de Nietzsche consiste en la crítica de todos los valores que atentan contra nuestra propia integridad vital. Debemos cuestionarnos si realmente la sociedad es una unión que ayuda el desarrollo de la vida y si el desarrollo del individuo es el centro de sentido de la sociedad. Cuestionarnos si tenemos una actitud aperceptiva, si se despierta en nosotros algún tipo de sentido propio y un criterio autorealizado, desde el ojo interior.

La genealogía es la crítica al absoluto. Las configuraciones homogéneas se rompen, el origen se desprende de la lógica, el presente se observa como un producto contaminado por las luces del pasado. Hay que destituir, siguiendo a Nietzsche, toda la pirámide de valores y la cadena de comportamientos. La historia verdadera se encuentra en las grietas de un tiempo aparentemente sólido e impenetrable, en la columna vertebral “despedazada” como recogía G. Agambén.

Nietzsche apuesta por las transformaciones y las rupturas como actores de cambio. Por ello, la genealogía debe adaptarse en el momento que se inscribe y por eso no tiene una estructura fija. Sin embargo, el hecho de que nos invita a ser críticos y pensar de forma alternativa, propone todo un abanico de posibilidades. Aquí es cuando entendemos por qué Nietzsche es un filósofo contemporáneo, porque lucha contra su propia época en beneficencia del porvenir. Para romper con un presente falseado debemos distanciarnos. Nietzsche, en los Fragmentos Póstumos, lo tenía claro:

«Yo no desafío a lo que ahora vive, yo desafío a varios milenios. Yo contradigo y soy, a pesar de ello, la antítesis de un espíritu que dice que no».

Negar es, de alguna forma, proyectar. A partir de él, la voluntad, el “ímpetu”, es la ventaja que tenemos para poder desentrañar las ambivalencias respecto el bien y el mal. Debemos conocer nuestra suerte, hacernos propietarios de nuestra realidad. Intentar forjar nuestro pensamiento desde un lugar lejano, distinto, transvalorar todos los valores. Esa es su fórmula para designar «un acto de suprema autognosis de la humanidad». Es decir, poder escrutar las cuestiones de todos los tiempos, de una manera decisiva, valiente y violenta. Lo que vendría a encarnar la idea del “superhombre”: aquél individuo capaz de destruir la raíz de los mitos que lo sofocan, volver al origen impenetrable y fundar su propio sendero. Sentir la sed de querer vivir sin arrastrar cadenas milenarias, romper los muros y liberarse. El superhombre es la exaltación del individuo que se ordena a sí mismo, que rehuye del cielo dominado por las oposiciones binarias de las creencias monoteístas y monológicas, del lenguaje anclado y formateado.

No hay mejor momento para hablar de Nietzsche que el actual. Cuando hablamos de lo contemporáneo estamos hablando de lo intempestivo, estar abierto al caos y estar dispuesto de cambiar el elemento de la vida. Transportarse de lo firme a lo fluido, de lo aparentemente cierto a lo incierto. Las protestas surgidas por el movimiento Black Lives Matter contra la corrupción policial, el racismo inherente y los asesinatos sistemáticos de personas racializadas ha hecho brotar un momento revolucionario. Desde hace tiempo en las democracias actuales se ha vendido la idea de consolidación, inclusión e integración. Sin embargo, no se trata nada más de otro valor inducido. Las desigualdades están profundamente arraigadas en la actualidad y la historia que nos persigue. Las protestas de Black Lives Matter son un jugoso ejemplo para poder ver activa la fuerza intempestiva y de creación que nos plantea Nietzsche. En Richmond, Virginia y Bristol, Reino Unido, colectivos de manifestantes se dedicaron a derribar estatuas que vanagloriaban figuras históricas y símbolos de la masacre racista y la elite que ha dividido los seres humanos a lo largo de la historia. Estas actuaciones son directas apelaciones a lo que Nietzsche reclama. El repudio a una historia escrita desde la perspectiva dominante es el acto violento necesario para abolir el marco impositivo de valores que la historia occidental y lineal nos ofrece. Para salir del circulo vicioso de la sociedad imaginada, debemos abolir los anclajes que nos retienen.

«Just how engrained that instinct is – to perceive an aspect of oneself in the image of another – is impossible to measure. Such an impulse may explain why it is so agonisingly difficult to tolerate the persistente of memorials that venerate past masters of pain. Theirs is a suffocating weight. The outrage that many feel about having to share the streets with such hulking ghosts of oppression is deep and crushingly real. To address the thorny issue of how best to handle monuments whose aura an appreciable proportion of society finds toxic, countries have begun to adopt a variety of different strategies»

El movimiento de Black Lives Matter ha impulsado cuestionar capítulos enteros de la historia, así como el fin de la esclavitud del siglo XIX. En las redes sociales, la fluidez de la información ha recorrido un camino muy interesante porque han introducido argumentos en discordia, difíciles de admitir como que los individuos no racializados (“the white privilege”) contienen componentes racistas en su forma de pensar y hablar, que han sido performados, como decía Butler. Destruir estatuas y cancelar la cultura es una acción colectiva poderosa y de gran resonancia mediática. No obstante, en este punto entra en discordia el llamamiento que Nietzsche hace a la violencia y su defensa a la revisión histórica. Muchos historiadores, a raíz de la destrucción de estatuas, han apuntado que hacer desaparecer la historia es privar de instrumentos de conocimiento.

Desde mi punto de vista, la crítica a la violentación de las estatuas es conformista porque delata la falta de autonomía histórica que vivimos hoy en día y evidencia nuestro arraigamiento a lo preestablecido. Ofrecer un nuevo significado no implica perder información, sino revisar su contenido y burlar la negación que los marcos estructurales de pensamiento y creencias han querido mantener. De hecho, el miedo a que se borren las huellas del pasado es, en sí, un miedo forjado en el privilegio y se juzga a partir del estándar moral. Derribar un objeto conmemorativo hoy en día solo tiene repercusión en su unicidad material dado que tiene constancia escrita, documentada y, además, virtualizada. El llamamiento de esta manifestación hace patente la necesidad de tener repercusión política. Es un acto de ruptura y de auxilio, ambivalentemente. La protesta necesita la violencia para hacer visible que el orden mundial es caduco y que debe haber, como decía Nietzsche, la inclusión de un nuevo tiempo:

«El hombre se convirtió paulatinamente en un animal fantástico que tiene que llenar una condición de la existencia más que cualquier otro animal: de tiempo en tiempo el hombre tiene que creer que sabe por qué existe, ¡su género no puede prosperar sin una periódica confianza en la vida! […] ¡Por consiguiente! ¿Me entendéis, oh, hermanos míos? ¿Entendéis esta nueva ley de flujo y reflujo? ¡También nosotros tenemos nuestro tiempo!» (2019: 54).

La mirada desintegrada que propone Nietzsche también es la mirada de la revisión de todo lo que disponemos en el tiempo que vivimos. Aún que las informaciones dadas deban someterse a juicio socrático, la historia es la base de nuestra civilización, un rasgo constitutivo de la evolución del pensamiento humano. La genealogía comprende la historia como un acto de formación pero sin intentar buscar una verdad absoluta en ella. Es un método para aprender a circular en un mundo que ya tiene muy asentada su estructura y para aprender por qué debemos rehuir de lo dominante. Interactuar con el sistema nos ofrece objetividad y criterio para poder formular nuestra propia ecuación de la vida.

References

[1]Nietzsche, F. (2019). La gaya ciencia. Ariel Quintaesencia.

[2] Nietzsche, F. (1986). Humano, demasiado Humano. Editores Mexicanos.

[3] Nietzsche, F. (2006). Fragmentos póstumos. Tecnos, Madrid.

[4] Grovier, K. “Black Lives Matter protests: Why are statures so powerful? Publicado el 12 de junio de 2020, BBC Culture. Extraído de: https://www.bbc.com/culture/article/20200612-black-lives-matter-protests-why-are-statues-so-powerful

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