
Racine, como historiador, intentará acercarse lo más posible a la historia y a la tradición literaria precedente. En el prefacio de Phèdre nos avisa que ha tomado prestado un clásico y que necesita advertir los cambios que sucederán. La obra, a pesar de su valor en la actualidad, fue un gran fracaso para Jean Racine en la época, tanto que provocó que dejara la dramatúrgia. La razón del desfavorable resultado recae en que la obra no tenía cabida en la contemporaneidad neoclásica en la que estaba inscrita. La sociedad de Racine era cultivada, una sociedad consumidora de la tragedia y cercana a los sujetos trágicos.
La antigüedad albergaba de otro paradigma mental y este hecho es patente en la comparación de ambas obras. Quizás Racine denotara que, recurrentemente, en la tragedia se ignorase quien es quien o se ignorase el reconocimiento psicológico de los personajes. Phèdre es mucho más cercana a la obra de Séneca que al Hipólito de Eurípides. Séneca le otorga más libertad y posición en el mundo, a lo que Racine añade matices más oscuros, en instancia, los celos, lo que, a su vez, otorga más profundidad a Fedra. Racine plantea mediante la palabra de Fedra las problemáticas que tiene como autor en el siglo XVIII y elabora un ejercicio metalingüístico constante. El texto habla sobre sí mismo y de destruye a sí mismo.
La literatura es un camino lleno de ambigüedades y necesita de narrativas que expliquen las complicaciones a las que el mismo autor se enfrenta para poder narrar lo que quiere. Racine se lucra del silencio de los personajes como Fedra o Hipólito y del discurso de Terámenes para equilibrar el pathos, pervierte la tradición bucólica de la naturaleza y convierte la muerte en restauradora del orden cosmológico. Phèdre es convertida en un monstruo que es engullida por el propio mal que ha surgido de ella. Mientras que en Eurípides el mal era causado por los designios de las deidades y en Séneca el castigo es exterior, en Racine el mal parasita la obra, es interior.
Así, podemos indicar que el propósito de Racine es que los personajes de su reinterpretación clásica actúen de acuerdo con todo aquello que se puede esperar de una tragedia. Sin embargo, se aleja de la poética aristotélica, en la que se indicaba que hay cosas que son terriblemente injustas en la vida del ser humano que debían excluirse para evitar animadversiones externas. Ante este impedimento, Racine reconcilia la tragedia exponiendo los personajes a partir de sus malas conductas y, evidentemente, cada uno recibe su castigo.
A diferencia de Eurípides, en Phèdre, Hipólito adopta una debilidad que tampoco vemos en Séneca al enamorarse de Arícia, que es de sangre enemiga. En la obra moderna Hipólito no es castigado por las decisiones tomadas, más bien es por su debilidad ante la determinación. La decisión del héroe que siempre hablamos. Mientras la figura de Fedra se suaviza y edulcora, dado que la calumnia recae en Oenone, el Hipólito de Racine se endurece y contraria la confianza doméstica y convierte en potencial del trono a una enemiga de Atenas. Hipólito es convertido en víctima expiatoria. Entre líneas se vislumbra una lectura cristiana que traduce el nuevo Hipólito en un mártir que sufre para que el bien vuelva en la vida humana.
La sociedad neoclásica al disfrutar de dichos espectáculos pretendía acercarse a los límites del inconsciente mediante sujetos trágicos para superar traumas. La tragedia era un evento de sufrimiento en el que la catarsis y solamente la catarsis era el resultado esperado. No obstante, la teoría y predominancia aristotélica es muy vigente en la obra francesa. Por ello, los personajes altivos y aristocráticos son castigados por una autoridad panteónica y no son juzgados políticamente. La tragedia está llena de injusticias porque los dioses deciden no involucrarse. Lo que nos lleva a cuestionarnos… ¿Hay, realmente, una justicia poética? ¿O se trata, más ciertamente, de una injusticia deística?
La ibris detectada en la versión de Eurípides que presenta la rivalidad y el enfrentamiento de las diosas Artemisa y Afrodita irá desapareciendo con el transcurso del tiempo y la misma evolución de la tragédia. En el texto de Séneca ya hay una humanización más semblante a Racine, desaparecen las diosas anteriores y simplemente se incluye a Neptuno al final de la obra.
Los personajes elevados parecen estar dominados por una fuerza superior a ellos. Para conciliar el crimen y el castigo, Racine carga a los más bajos de la culpabilidad. Esto le permite dotar, por ejemplo, a Oennone de un protagonismo mayor a diferencia de las otras interpretaciones. En este caso, Racine no respeta las instrucciones aristotélicas y convierte a los personajes secundarios en máquinas trágicas activas, llenas de densidad moral y dramática.

Deja un comentario