La necesidad de reconstrucción de la URSS tras la resaca histórica empezó siendo un ideal que colgaba de un juego de llaves repleto de otras urgencias. Fue retintineando cada vez con más fuerza, hasta volverse tan molesto e insoportable que se convirtió en motivo principal de la inaplazable reconfiguración del sistema en toda la década de los sesenta y posterior. Sobre 1953 y 1960, el país atravesaba una rápida e inédita conversión hacia un régimen más abierto, moderno, con cierto prestigio internacional que apuntalaba reformas que mejorarían las anomalías de la sociedad soviética, disfrazándose, casi, en una sociedad “democratizada”. Sin embargo, a parte de las consecuencias de la Guerra Fría y los agentes exteriores, había muchos factores internos que alejaban esas propuestas del plano primero de la realidad: la modernización y normalización de Rusia se veía impedida por la terrible industrialización forzada, heredera de la NEP de Stalin y por la falta de racionalidad y proyección política en el Kremlin. Se descubría así una sede infectada de estructuras inmóviles y putrefactas que denotaban una corrosiva enfermedad burocrática que había que erradicar cuanto antes.
«La ideología soviética, el «istmat» (abreviación de materialismo histórico), era objeto de fe, como cualquier otra religión. Eso significaba que, como religión, sus dogmas y presupuestos no sólo no estaban abiertos a la comprobación y a la crítica, sino que se les protegía de ambas. El problema era que el «istmat» no era únicamente religión. También era una teoría para el desarrollo social referida a hechos y sometida a pronósticos verificables. […] Ambos vectores, el religioso y el científico, colisionaban en una especie de «religión laica». Los aspectos científicos del «istmat» estaban llamados a reventar los aspectos religiosos. Por eso, como religión, el «istmat» fue tan efímero, comparado con el cristianismo, el islam u otras religiones que crearon civilizaciones.»
La idea vendida por la URSS era el “ismat”: un futuro rosado, próspero, rico y garante del triunfo comunista. Una idea que en apariencia no era fija y mezclaba antiguos preceptos de la teoría filosófica y política de Marx y Engels con los nuevos propósitos tecnocientíficos que pretendían incentivar el prestigio soviético a escala internacional y, a la vez, emprender una regeneración económica y social de la nación. Se denominó materialismo histórico a un aparto de cultura que pretendía compaginar las estructuras ideológicas con unos valores científicos irrefutables. Poch-de-Feliu y Zubok, arrojan a la luz múltiples ejemplos que nos permiten analizar este proceso de rupturas y redirecciones de un sistema anclado en el estalinismo hacia un tipo de cultura estéticamente abierta y demócrata pero estrictamente justificada, que tenía como único propósito el progreso sin ser reflejo de ningún otro progreso existente. El apogeo de la URSS no se trata de nada más que un proceso de reafirmación, autogestión y reorganización de un régimen burocrático vegetativo que proyectaba la 1nación hacia el futuro pero que era incapaz de resolver las problemáticas del presente por falta de perspectiva y ambición. El surgimiento de todo este movimiento de cambio es un tanto difuso. Es la fricción de unos primeros factores exteriores y, consiguientemente, otros factores internos que motivaron, con un lento pasar de los años, un ambiente de incipiente disidencia que practicaba la revolución del descubrimiento de toda la podredrumbre y el embrollo de corrupción que se concentraba en el Kremlin.
Zubok apuntaba que el culto de las ciencias sustituyó la religión. Él mismo destacaba la figura de los apparatchicks “ilustrados”, una nueva ola de jóvenes intelectuales, hijos del XX Congreso del Partido (1961). Querían liberar y reformar el régimen, tomando el relevo de Jrushov, aquél primer emprendedor del desestalinismo, pero también el que fue echado por su nefasta gestión del partido. Los apparatchicks, ingresaron en la política para “purificarla desde dentro” gracias al nuevo programa de prosperidad comunista que prometía la esperada reforma burocrática tanto interior como de apariencia. Ellos, como otras esferas elitistas e intelectuales (estudiantes, antimilitaristas y hasta algunos vestigios progresistas de la nomenclatura), confirmaban que aún pervivía en Rusia un gran interés por reactivar el sistema soviético. Después de las disidencias estudiantiles entre 1956 y 1959 nació una gran preocupación por el control político de la sociedad soviética. Jrushov y la KGB temían que los intelectuales y las élites culturales desmembraran su conjunto de políticas erráticas. Cada vez era mayor el nombre de jóvenes que se distanciaban del propio régimen y, cada vez más, eran más exigentes las prohibiciones que clausuraban la URSS del mundo exterior. “Ortodoxia y patriotismo soviético”, se fue aplicando una campaña de control ideológico y difusión de unos valores concretos como otra medida de contención de la agitación en los arrabales. Lejos de las fronteras que veinte años atrás abatieron las tropas de Hitler, occidente y los EE. UU. bebían de un progreso perenne. Dentro de las murallas, desgraciadamente, la situación económica y social era insostenible. Jrushov enmarcó la URSS en un umbral de imposiciones y censuras. La Realpolitik de esos jóvenes idealistas y reformistas, empezó a actuar en un momento idóneo: un momento de urgencia y de socorro.
El deshielo, en un primer sondeo, no exponía ni muchas mermas ni demasiadas taras, pero sí necesitaba disponer de un cuerpo ideológico sólido para poder llegar a transformarse en un proyecto socioeconómico de más inri. La desinformación sobre todo lo que sucedía extramuros, el trauma de la Guerra Fría y el control total heredado de Stalin, hacían de la URSS una nación débil, insegura y prematura. Fue a partir de 1964, con la destitución de Jrushov, la implicación de la KGB y la inclusión de nuevos líderes de carácter dinámico y proactivo que se empezó a intentar reparar la fragmentación de la identidad soviética por los acontecimientos internos y las influencias interiores, además de ir cicatrizando ciertas heridas abiertas y curar algunas imperfecciones que mostraban una situación deplorable a punto de ser insalvable. Por ello, debía superar la fase primogénita que proclamaba una simple modernización económica del país o una apertura cultural al mundo. No solamente se traba de resolver una crisis estructural à fin- de-siècle, de solventar las tensiones y apaciguarlas ni de “alcanzar y rebasar” los Estados Unidos como potencia tecnológica– el daydream de Jrushov. La erosión era avanzada, el sistema soviético hacia tiempo que estaba cayendo al vacío. Fue precisa la configuración de un nuevo aparato ideológico que recuperase la confianza del pueblo soviético y le volviese a convencer para que se implicara de nuevo en la causa comunista. Los apparatchicks añoraban las ávidas actitudes que desarrollaron sus abuelos en la revolución de 1917.
No se trataba de destruir el sistema, como se destruyeron los tzares, sino de proporcionarle un nuevo plan de valores más convincente. Además, los números y el aspecto de una sociedad decante mostraban un notable desencaje de la URSS en el mapa global: en 1975, según el informe analítico de la KGB que nos ofrece Poch-de- Feliu, el estado alertaba cifras rojas. Rusia se topaba con una crisis ideológica y una coyuntura económica débil que se agravaba en comparación con las otras potencias. Se descubría, como apuntaba Zubok, una “notable inferioridad” y a pesar de que había cierta pretensión de apertura al mundo exterior, era muy lenta. La carrera espacial buscaba expandir la influencia global soviética. Los agentes del ismat, los científicos, entendieron dos cosas muy importantes ante las circunstancias de alarma: por una parte, romper con el estalinismo no suponía una ruptura con el comunismo, se tenía que adaptar el sueño marxista en el escenario de la globalización. Y, por otra, que la sociedad soviética estaba experimentando un dilema interior que lidiaba entre la libertad personal y la “validez del colectivismo social”, como anotaba Zubok. Querían huir de los sesentistas – élite retrógrada y egoísta – y de la nomenclatura, estratos anquilosados que hacían de Rusia un país de lecturas unidireccionales, “falto de pluralismo interno”, de “inrecia absoluta”. Había que renovar con precisa urgencia la autoridad burocrática y el cuerpo de leyes que hacían caer a la URSS en un vacío ideológico y estancamiento irreversible.
Poch-de- Feliu, además, nos muestra que la élite rusa estaba conformada por un panteón de vividores perezosos formado en el “peligroso pantano de la burocracia estalinista”. Añadía que ésta se mostraba sensible al cambio: tenían el privilegio de decisión estatal,hecho que les permitía encorsetar el ambiente social hasta dejarlo sin oxígeno ni aliento. Dotaban de retraso en todos los aspectos por su actitud de “no-convertibilidad”. Muchos jóvenes emigraban porque no se veían representados por aquellas figuras regresivas del mundo de la “propaganda oficial de la URSS”, sintiéndose cada vez más propensos a refugiarse bajos el “paraguas americano” bajo el que también se encontraban “tanto los enemigos como los amigos de la URSS”. No era entelequia que muchos jóvenes soviéticos se acercaran a la antítesis del socialismo, pues no había otra alternativa.
El optimismo idealista empujaba a esos jóvenes, la gran mayoría científicos, a formar parte de un mesianismo reformista. Estaban dispuestos a salvar y guiar el país. Tenían fe, que ya era mucho, en la habilidad humana de superar cualquier obstáculo y también poseían conciencia colectiva, lo que facilitaba su intervención y la manipulación de las “aspiraciones ideológicas del sistema”. Se arrojaron a la configuración de una base científica que justificase el establecimiento de un modelo más liberal y occidental en la sociedad rusa. Para la gran hazaña era necesario desmembrar las anquilosadas estructuras: la ciencia era el medio fundamental y necesario para que no muriera el proyecto soviético comunista ante terribles evidencias de desgaste. Así se acabó de engendrar el “ismat”, como bien denominaba Poch-de-Feliu, una “religión laica”, un culto moderno sin panteones ni templos pero que «ponía fecha sus planes y paraísos» dado que la promesa de futuro que Jrushov vendía quedaba en una esfera utópica o, por lo contrario, ya lograda en los lares occidentales. El concepto iba más allá del rehúso de un dogma y de partir de los componentes racionalistas que se estaban asentando en las redes culturales de la época. El “istmat” comprimía en un mismo aparato todo el sistema de valores ruso que era de interés común: las ideologías, la sociedad, el gobierno, el cosmos y la moral. Y se presentaba como la batería de cambio, pues todo el progreso en expectativa solo sería posible gracias al esfuerzo y la colaboración humana inherente, dinámica e infinita. Las nuevas élites burocráticas se propusieron hacer triunfar el proyecto soviético, en una era antropogénica como decía Pavlov, en la que la humanidad tenía el poder de controlar la naturaleza y el cosmos. Por ello, debía evitarse cualquier fisura, cualquier gotera o cualquier otro tipo de agujero cultural que debilitase el aparato. Esa fobia a las brechas explicará muchas de las actitudes de autocensura y represión que acometieron de forma reincidente en el sistema soviético para evitar choques culturales y el aumento de la disidencia interior. Por ejemplo, el americanismo cultural era cada vez más notorio entre la juventud soviética. Se intentó blindar cualquier manifestación nociva, “todo lo americano”, sobretodo al ver cuántas ventanas se abrieron después de la celebración del Festival Mundial de la Juventud en 1957. Ese “carnaval socialista” expuso la URSS ante los focos del resto del mundo y exteriorizaba todo los defectos del régimen callados por aquel aplastante silencio conformista que encorsetaba la opinión pública del país. La URSS demostró ser una nación xenófoba culturalmente, miedosa, censurada, con una tendencia antisemita de la que se avergonzaba pero no corregía y, en mayor grado, una sociedad inconforme y profundamente fracturada. Las principales problemáticas del istmat que hicieron de éste un culto efímero fueron su tardía aparición, en un momento que ya se habían sembrado las semillas anarquistas, disidentes y protestantes; y que resultaba ser un proyecto inabarcable para un régimen tan falto de dinamismo. Esas semillas darían fruto a un proceso de desideologización que dificultaría cualquier proceso de reconversión y distensión interior.
Zubok nos alertaba en su texto que en tiempos de Brezhnev, esas heridas no se curaron. Aquel “objeto de fe”, como podemos destacar del fragmento de Poch-de-Feliu, transgredía los límites de los dogmas convencionales, pues quería gestionar y verificar todo fenómeno y situación experimentados entre las fronteras soviéticas, mezclando ciencia y fe en un brebaje imposible que no siempre entendió que había cuestiones metafísicas e inefables, sin respuesta ni medida solvente. La URSS había llegado a una bifurcación decisiva en la que debía optar por su propia deconstrucción o por el ceñimiento de sus propósitos a toda costa y por encima de todo.

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