Hace tiempo llegó a mi la Carta a D. de Andre Gorz. Filósofo de carácter mesurado e introspectivo, Gorz se inspiró mucho en Sartre y abordó obras de carácter existencialista, pero su pilar siempre fue su mujer Dorine Keir quien participó completamente en la vida profesional del pensador, ayudándolo en la publicación de artículos y construyendo una carrera de la mano. Juntos y complementarios, hicieron posible el nacimiento de la primera obra del autor judío, “El Traidor” (1957). Aunque es reconocido por diversas publicaciones, la muerte de Gorz y Keir es digna de bestseller. El 22 de setiembre de 2007 fueron encontrados, esposa y marido, muertos en su residencia de Vonson. Gorz, antes de morir, escribió una carga autobiográfica donde retrataba la historia de su matrimonio. En uno de los fragmentos, dejaba a la posteridad esta conmovedora y pasional sentencia:
«Nos gustaría no sobrevivir a la muerte del otro. Nos hemos dicho a menudo que, si tuviésemos una segunda vida nos gustaría vivirla juntos”.
Murieron juntos como acordaron. La carta, desde mi corta experiencia, fue la revelación más impactante sobre el amor hasta el momento. El testamento nos desvela el detalle del amor entre una pareja que compartió camino casi seis décadas vitales. Con cruda sinceridad y explícita exposición, Gorz afirma que «nuestra relación se convirtió en el filtro por el que pasaba mi relación con la realidad». El filósofo plantea la pareja como un «proyecto común» cambiable y eternamente en adaptación en función a las situaciones venideras. Gorz sentencia que siempre serían lo que fueran juntos.
Después de la lectura de “Amor Líquido” de Zygmunt Bauman y recuperando “La carta a D.”, mi proposición es la de revisar la concepción hedonista que tenemos sobre el amor en nuestra contemporaneidad y cómo encaja en un presente cargado de cambio e inconsistencia.
Zygmunt Bauman nos ofrece en “Amor Líquido” actualizaciones de las didácticas que los seres humanos abordamos al crear vínculos. Nos habla sobre su fragilidad y como contemplamos la realidad social. Acontece, pues, que las «conexiones son “relaciones virtuales”» (2018: 15).
Bauman afirma que en el escenario de la «vida moderna líquida», los vínculos interpersonales aparecen y desaparecen de forma plasmática en el escenario virtual y castiga el amor con inconsistencia y variabilidad. El amor en la virtualidad es percibido como una esperanza, un refugio en el invernáculo solitario del “yo”, pero ¿es el amor de hoy en día una promesa perdurable o se extingue con las luces del mismo día? ¿Es un paradero seguro o navegamos en el mar de la incertidumbre buscando pequeñas islas de salvación para no ahogarnos en la soledad?
«Conectar en red y navegar por esa red. El ideal de la conectividad a duras penas abarca la difícil problemática dialéctica de los dos extremos irreconciliables. Promete una navegación segura (o, como mínimo, no letal) entre los arrecifes de la soledad y el roquedal del compromiso, entre el azote de la exclusión y el férreo abrazo de unos lazos demasiado estrechos, entre un desapego irreparable y un apego irrevocable. […] Pertenecemos al flujo regular de palabras y frases inacabadas. […] Las uniones no tienen apoyo alguno… […] Si dejas de hablar, estás fuera. El silencio equivale a la exclusión» (Bauman, 2018: 59-61).
La carta de Gorz me ha perseguido en distintos momentos de la vida porque inevitablemente, el amor, es uno de los temas más presentes en nuestra cotidianidad y en nuestro discurso social. Sin embargo, no hay una opinión unánime entre los individuos sobre qué es sentir un sentimiento afectivo como el amor. La afirmación más ajustada es que es eternamente variable y que nunca permanece igual. Pero sí que es reproducible, con toda su diversidad, porque existe un orden social que intenta mantenerse. Judith Butler explora como nuestros discursos cotidianos engendran la necesidad de formular emociones específicas que se crean como parte de una estructura sistemática. Butler expone que las emociones son performativas porque se expresan a partir de patrones dados o adheridos a partir de la repetición. El concepto de “performatividad” de Butler nos empuja a cuestionar las relaciones sociales y el factor de agencia individual.
La primera lectura de Amor Líquido, me desveló una de las premisas que me empujan a desarrollar este breve ensayo. El amor, como la muerte, son eventos singulares, producciones “ritualizadas” como apuntaría Butler. Eros y Thanatos, el binomio indiscutible, comparten parentesco dado que son acontecimientos incomprensibles que suceden espontáneamente en nuestras vidas y nos atrapa por sorpresa. La forma de responder a estos eventos es la cuestión de análisis. Me refiero a las lógicas y discursos que producen el fenómeno de las emociones a partir del amor, principalmente, pero también de la muerte. A lo largo de nuestra vasta vida podemos aprender a gestionar dichos eventos pero difícilmente podemos decidir cómo y cuando nos empaparan.
Las condiciones recurrentes son las que rodean el radio de dichos eventos únicos. Es en ese radio donde incide el factor de influencia del contexto y la sociedad en la que nos inscribimos. La interpretación de Butler nos sirve para entender cómo se “performan” arquetipos en las relaciones y cómo la repetición de ciertas situaciones están sujeto a un programa específico de normas. Aunque Bauman no se posiciona en la discusión sobre el género, Butler introduce la idea de que algunos aspectos del mundo tienden a convertirse en rasgos internos del “yo” como falacias individuales. Estos atraviesan esta metamorfosis mediante la “interiorización” psíquica. Para Butler, tras el discurso de género [y, añado, tras la “performatividad” de las relaciones] se esconden presuposiciones que pretenden mantener una sexualidad [o forma de interrelacionarse] normativa. Pero estas presuposiciones cancelan opciones y posibilidades divergentes.
La idea de unidad y proyecto común que leí en Gorz causó cierto desconcierto en mí, puesto que hoy en día la monogamia se percibe como una inconsistencia. Las relaciones amorosas gozan de iteración desde que la sociedad se ha desligado de la formulación “pactada” de las parejas. La falsa sensación de poder y saber elegir a nuestras compañías sentimentales también ha participado en la determinación sistemática de comportamientos y normas que Judith Butler las concibe como “performances”. Así como la percepción romántica de las relaciones es una construcción social que se ha potenciado gracias a la cultura de masas — en especia el cinema… En una sociedad de consumo la expectativa a cumplir es una relación consumible como una mecha de quema rápida. Así pues, la idea de perdurar con una misma persona se concibe como una empresa realmente vertiginosa porque implica una coherencia extensa en el tiempo o un tipo de decisión absoluta.
Saber que amaremos a medida que nuestra vida avance y nos enfrentaremos a distintas situaciones que puedan hacer peligrar los cimientos iniciales de nuestras relaciones forma parte de esta performance estructural. Las bases amorosas se poden en duda constante. Nuestros apetitos son seducidos por el flujo de imágenes e información que implican, inherentemente, una renovación estética y física de brevísima durabilidad.
La cola veloz del progreso transforma toda representación vital. El momento debe capturarse y exponerse para hacer efectiva la ley de consumo. Nuestros contratos laborales, las redes sociales que nos mantienen alerta de todo lo que sucede en el mundo en cada segundo, poder sentirnos conectados con alguien que está a kilómetros de distancia de nosotros, son algunos de tantos ejemplos que plasman esta agitación imparable que Baudelaire, en instancia, ya había percatado a principios del siglo XX en “Les multitudes”.
Guy Debord, en “La societé du spectacle”, nos habla de la «separación consumada» que se reproduce en el marco de dominación sistematizada de la economía. Al parecer de Debord, hay una degradación del “ser” en “tener” y que «la ocupación total de la vida social (…) conduce a su desplazamiento generalizado del “tener” hacia el “parecer”». La exposición ante la sociedad de una unión sentimental, en este caso, se expresa mediante el lenguaje. Siguiendo a Debord, hemos pasado de “ser pareja de alguien” a “tener pareja”, lo que implica una adquisición y, en tiempos de inconsistencia y liquidez, a “parecer que tenemos pareja”. La representación de dichas apariencias se patenta mediante la exposición de imágenes que convenzan a la sociedad de que hemos sido capaces de concebir un vínculo afectivo. Por ello, debemos exponerlo como un logro.
Respecto a esta degradación del “ser” [que implica una degradación del “yo”], Bauman habla de la «proximidad virtual» como consecuencia del desplazamiento, volviendo toda clase de relaciones en frecuentes, breves y superficiales para que se evite la formación de lazos perdurables. Se forman arquetipos que “parecen” trabajar en la elaboración de un sentimiento profundo pero tan pronto el deseo que nos ha empujado a vincularnos se ha consumado, la compulsión desaparece.
«Pero esto no es más que otra falsa ilusión. El conocimiento cuyo volumen aumenta a medida que se alarga la cadena de episodios amorosos es el ‘amor’ entendido como episodios bruscos, breves e impactantes, impregnados de la constancia previa que teníamos ya de su fragilidad y su brevedad.» (Bauman, 2018: 22)
Bauman pasó del concepto de postmodernidad a modernidad líquida. Plantea la modernidad líquida como un término movible y en constante renovación. La perspectiva que emprende Bauman en su pensamiento a partir de Weber, apunta que el mundo unitario basado en la religión, empieza a despedazarse y tornarse en un mundo dónde resurgen lógicas autónomas que se centran en resolver todo un conjunto de relaciones sociales bajo procesos de racionalidad técnica. Weber adelantó el futuro de la modernidad al detectar el proceso sistemático de “burocratización”, en el que la realidad se ordena satisfaciendo los fines de organización que plantea un mundo economizado en todos los sentidos. Weber determinaba este nuevo paradigma como la “jaula de hierro”, en la que el individuo contemporáneo se encuentra capturado. En “Etica protestante y el espíritu del capitalismo” (1903), Weber menciona la variabilidad frágil del amor y que las emociones son una “performance constante” sujeta al dispositivo de orden social. Según Wittgenstein, no poseemos un conocimiento innato de nuestras emociones. Para él, las emociones conforman procesos de identificación del individuo. Sostiene que producimos articulaciones lingüísticas de las impresiones que tenemos y las expresamos de forma descriptiva para que puedan ser transmitidas. Sin embargo, la unión entre el significado y el objeto se articularía por la performatividad inducida. El amor, como gran paradigma social, se utiliza como indicador de suficiencias e insuficiencias y determina nuestros comportamientos colectivos. El amor nos educa a expresarnos de acuerdo a las estructuras de la sociedad heterónoma. La performatividad, volviendo a Butler, es quien promueve como deben funcionar las interacciones humanas cotidianas en el gran engranaje social.
En el mundo contemporáneo, el ser humano es consciente de poseer una racionalidad determinada pero dista raramente de saber que posee un mundo interior explorable. En el mundo de los tecnócratas, como bien anunciaban Walter Benjamin o Theodor Adorno, hay una pérdida de sentido, un lastre en la esencia de los objetos [sean artísticos o sociales]. Ello tiene una repercusión directa en «la fragilidad de los vínculos humanos» porque no contienen la pureza de lo nuevo, sino diferentes versiones del amor que se repiten en combinaciones infinitas.
«La forma de relacionarnos se ha impregnado del sistema capitalista. En la sociedad de consumidores, las relaciones interpersonales se constituyen a imagen y semejanza de las relaciones que se establecen entre consumidores y objetos de consumo; somos simultáneamente los promotores del producto y el producto que promueven; la fuerza de trabajo debe estar siempre en óptimas condiciones para atraer la mirada de potenciales compradores» (Sánchez-Sicilia & Cubells, 2018: 152)
Las conductas iterativas de comportamiento son necesarias para que el formato estructural de nuestra contemporaneidad pueda seguir trabajando y produciendo al ritmo del consumismo y el capitalismo. La heteronormatividad es tan necesaria como el flujo incesante de información e intercambio. Bauman discute sobre la variabilidad y la capacidad deslizante de las relaciones interpersonales actuales. Son frágiles porque pierden el momento único. Son, por ende, reproducibles [bajo el mano de la irreproductibilidad] y virtuales.
Baudelaire en “El público moderno y la fotografía”, adviene los futuros jinetes del Apocalipsis de la modernidad. En primer lugar, la rapidez de la vía del progreso y, en segundo lugar, la difusión de una habilidad común en contraposición del individual talento [lo que podríamos entender como agencia individual sin estrechar la opinión en el campo artístico] o como declaraba Simmel, en “La metrópolis y la vida mental” (1903), la cultura moderna se caracteriza por la jerarquización del “espíritu objetivo” sobre el “subjetivo”, que denota el retroceso del individuo en cuanto a su espiritualidad. Simmel afirma que «la atrofia de la cultura individual [sucede] a través de la hipertrofia de la cultura objetiva» (1903).
Aunque Baudelaire en su ensayo se centra en la crítica a la fotografía, nos sirve para detectar los primeros indicios de la modernidad líquida que estableció Bauman posteriormente. Baudelaire critica el medio de aproximarse a la belleza [que podríamos entender como placer] y cómo nuestra curiosidad se centra inmediatamente en el apetito, utiliza el aforismo de «Personas enamoradas comiendo un estofado de conejo» para somatizar el impulso estéril que los humanos experimentamos al quedarnos petrificados por la novedad, el misterio y lo desconocido.
Posiblemente nuestras relaciones íntimas se ven abocadas a la frustración y al fracaso porque las esperanzas surgidas del desconcierto se esfuman cuando el deseo ya no posee el ímpetu inicial. Este es un fenómeno que está en el centro de la condición moderna, el de querer consumar nuestros deseos de forma instantánea. Además, la frágil solvencia de las comunicaciones, cada vez más ligeras y apresuradas, funcionan de manera que la red “virtual” se mantenga constantemente activa. Si los individuos no concebimos el “yo” como el «único punto estable del universo», nuestras conexiones o vinculaciones padecerán de la misma inconsistencia del “yo”. La percepción de “conectividad constante” requiere un nulo sacrificio y el descarte directo de un nexo espiritual entre dos individuos, extenso y perdurable.
«Al igual que las innovaciones tecnológicas recientes recortan la distancia que separa el apetito de su satisfacción efectiva y aceleran el paso de aquel a esta, además de hacer más liviano el esfuerzo requerido. […] si la sustancia de la actividad sexual consiste en obtener un placer instantáneo, no importa ya qué se hace, sino simplemente que suceda» (Bauman, 2018: 84)
En el mar de la incertidumbre, en el que navegamos como balsas de una orilla a otra, deberíamos ser capaces de poder entablar y de desprendernos de las relaciones que consumimos en cualquier momento. Sin embargo, el apego, intrínseco al sufrimiento y a la dolencia, es una de las contradicciones que se ensartan en la modernidad líquida. Para Bauman, saber gestionar el final de una relación es mucho más importante que la capacidad de crear y sostener vínculos. La falta de individualismo se gesta en el “invernáculo” del “yo”. Es decir, la dependencia que el individuo designa hacia la “red virtual” presenta problemas profundos en cuanto a poder o saber gestionar la extinción de un vínculo.
Si no poseemos, nos quedamos con las manos vacías y perdemos representación en la sociedad del consumo. Por ello, tendemos a entrar en bucles afectivos que no contienen pausa de reflexión y autoconocimiento. Reemplazamos el silencio y el vacío de lo que hemos perdido por emociones nuevas. Desde mi punto de vista, estas didácticas incitan a que concibamos las relaciones como logros objetivamente medibles y no como experiencias de crecimiento y reafirmamiento. Aquí entran en juego la falta de solvencia y la fragilidad como justificantes de la naturaleza de las relaciones en tiempos de inconsistencia.
En modo de conclusión y resumen, podemos establecer que el “proyecto común” es una experiencia tan vertiginoso como la monogamia hoy en día. Los vínculos emocionales padecen de inconsistencia porque habitan en un ecosistema virtual sensible al cambio y a la modificación, pero no a la adaptación. El amor es percibido como una esperanza pero, del mismo modo, se ha convertido en un instrumento de la performatividad estructural a la hora de elaborar patrones de conducta y discursos. Dichos discursos, se forman para controlar la reproductibilidad de las relaciones humanas y para ofrecer una falsa percepción de “comprensión” y “libertad”. A las relaciones se les ofrece, por defecto, un aura ritual pero en realidad sufren de síndrome del arquetipo. De Bauman, recogemos la unicidad que otorga la llegada del amor o de la muerte puesto que son eventos singulares. Sin embargo, estas experiencias se sujetan a un programa normativo específico y cerrado. La monogamia, en instancia, se sumerge en la inconsistencia y va desapareciendo porque requiere un sacrificio que nuestro presente virtual no es capaz de ofrecer.
Finalmente, obtenemos relaciones breves y concatenadas que siguen el ritmo de una vida veloz y agitada promovida por el capitalismo y el consumo. En consecuencia de la influencia de las imágenes y las comunicaciones virtuales, nos vemos obligados a exponer la capacidad de encontrar pareja como un logro. Sin embargo, ese logro se consume rápidamente en el mundo líquido y no tiene solvencia ni extensión en nuestra experiencia. El vació virtual se substituye por la apariencia. El individuo parece depender de las fachadas que debe mostrar a la sociedad. Así, en el mundo moderno líquido se evita la pausa y el silencio y, claramente, la soledad del “yo”. Ello tiene graves repercusiones respecto nuestra agencia individual y el desarrollo de un mundo interior consistente que nos permita actuar de forma más autónoma en el marco social que nos toque convivir.
Referencias
Baudelaire, C. (1996) “Salón de 1859, Cartas al Sr. Director de la Revue Française” Madrid, Visor. Bauman, Z. (2018). Amor líquido: sobre la fragilidad de los vínculos humanos. Barcelona: Paidós.
Butler, J. (1993). Bodies that matter: On the discursive limits of sex. London: Routledge. ———— (1997). Excitable speech: A politics of the performative. London: Routledge.
Debord, G. (1967). La societé du spectacle.
Sánchez-Sicilia, A & Cubells Serra, J. (2018) “Amor, posmodernidad y perspectiva de género: entre el amor romántico y el amor líquido” en Investigaciones Feministas (Rev.) 9(1): pp. 151-171.
Simmel, G. (1903). La metrópoli y la vida mental.
Wittgenstein, L. (1958). Philosophical investigations. New York: Macmillan ed.

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