Como todos los grandes autores best sellers, Jerry Saltz, crítico de arte newyorquino, autor de How to be an artist (2018), tiene una citación que le hace ser reconocido. Saltz, dice: «escribir sobre arte es como pintar el gusto de la comida». En el mundo contemporáneo de las artes y las literaturas – hablo en plural porque son muchas las disciplinas que convergen y se separan como átomos, tantas que son casi indefinibles … En este mundo preciso, considero que sólo Marcel Proust ha sido capaz describir concretamente la percepción que tenemos con el arte, pero con la comida. Me refiero al capítulo de la magdalena de Combray en el libro de  la recherche du temps perdu (1922). Al hablar de arte, como hablar de magdalenas, a menudo resulta más ligero recurrir a la experiencia pasada. Pero en nuestro tiempo, los artistas vivos nos necesitan más que nunca. Apoyar al arte figurativo actual es arriesgado, sobre todo en una época – si cito a Walter Benjamin – de reproducibilidad y desintegración de la imagen.

Perdonadme, pero he tenido que recurrir al tópico de este último año para poder introducir el fenómeno de retorno que he detectado en nuestra región: el Empordà vuelve a ser cuna de artistas, de nuevos talentos, de visitantes y forasteros … el Empordà vuelve a ser aquella región que conocieron Salvador Dalí y Marcel Duchamp mientras pintaban y jugaban al ajedrez, lo que hicieron llegar a Federico García Lorca en las ruinas de Empúries, llenando teatros y ágoras de Barcelona en Cadaqués. Este fenómeno sería inaudito sin la pandemia que estamos a punto de superar, porque las condiciones sociales y económicas han impulsado, innegablemente, una migración de artistas en el norte de Cataluña.
En la historiografía del arte se resaltan los momentos de crisis histórica como puntos de inflexión en el orden artístico en el que se crea el siguiente estilo y la novedad. Decía Georges Bataille que las vanguardias es mirar diferentemente el mundo, posicionándose en la rebelión y en la prohibición artística y literaria para obtener la transgresión. Hablo momentos concretos tales como la revolución cultural del Renacimiento, la de Courbet o las pinturas de Rothko en el comedor panorámico del Four Seasons de Nueva York. Nada permanece inamovible. En las vanguardias del arte y la literatura conservan una autonomía que las otras cuerdas de la realidad no poseen. La capacidad de tornar el mundo, transgrediendolo y revalorizándolo. Un claro ejemplo es la Escuela de Barbizon, un grupo de artistas francés reconocidos como los «Paisajistas de 1830». Los «barbizoners» cogieron los caballetes y pinceles e hicieron vía a Fontainebleau, lejos de París, en busca de inspirarse en el paisaje, encontrar la tranquilidad y explorar su vínculo con el entorno. Los unió un deseo incuestionable para la observación, el amor al naturalismo y la curiosidad para crear una realidad más cercana y cotidiana, la de los ciudadanos de la calle, la vida corriente.
En este último año, arrebatador y frenético, la llegada de artistas en el Empordà ha sido un fenómeno que he detectado en primicia. Acostumbrados a que el núcleo creativo se concentrara en las metrópolis como Barcelona, una de las consecuencias de la crisis epidemiológica ha sido el cambio en la estructura de oportunidades y trabajo de los jóvenes talentos o artistas contemporáneos: la incapacidad de asumir el precio de las rentas en la ciudad, la competencia dentro del mismo gremio, sumando los efectos psicológicos adversos que ha implicado el Covid-19 … ha promovido el recogimiento al nuevo Fontainebleau, el Empordà.
Si puedo destacar algunos nombres, no puedo hablar de los artistas con los que he tenido el placer de interactuar en proximidad, compartiendo nuestras visiones sobre el panorama del arte y la pasión por la materia. En primera instancia presento a Pau Marinello, artista barcelonés que ha pintado para confines del mundo como el Líbano y es fundador de Contemporary Paintings, un proyecto de curación y promoción de artistas contemporáneos emergentes. La pintura de Marinello presenta cuerpos figurativos que a menudo emergen de fondo sin límites. Sus obras revelan una delicada sensibilidad hacia la figura humana.

Después encontramos a Chloé Tiravy, artista de Aurillac con vivencia en Madrid y Argentina. La pintura de Tiravy es ambiciosa en espíritu, sus pinceladas denotan no sólo una magistral rebelión respecto la Academia y las formas establecidas en la figuración. Cada trazo que Tiravy ejecuta sobre el lienzo, contiene en cápsulas concentradas parte de su trepidante, arriesgada y desobediente personalidad. Cada escenario que hace emulsionar, delata que Tiravy es una conocedora de la historia del arte pero decide invertirla para defender su propio paradigma.

Dicho esto, podemos admitir que es excepcional el hecho de que ambos artistas hayan abierto simultáneamente sus estudios en la localidad de L’Escala, uno en la calle de Santa Máxima y el otro en la calle del Puerto, respectivamente – estudios que recomiendo de primera mano la visita. Tanto en la pintura «encarnada» y de sensibilidad contemporánea de Marinello como con el estilo a son Velázquez de Tiravy, han experimentado una metamorfosis paisajística. La inclusión de perspectivas lejanas, transforman la sinergia de un territorio particular. El regionalismo en el Empordà ha vuelto, en muchos aspectos, desde la hostelería a la industria cultural. Tener artistas cerca hace que nuestra relación con el arte se revalorice y motiva que, cada vez más, la apuesta cultural se alimente y se suministre. El arte nos enriquece en dinámica, desde embellecer nuestras localidades hasta enseñarnos a mirar nuestro entorno con ojos nuevos.
La energía portada por los artistas repatriados en el Empordà es vibrante y cada vez se hace más patente que el arte, sobre todo el figurativo, sobrevive gracias a la tenacidad de los artistas que luchan para que se mantenga en vida. El arte es un nómada ancestro que huye de la muerte y viaja de un lugar a otro, creando campamentos base donde poder continuar su revolución, independientemente de la historia, crisis o eventos que nos impliquen en el presente. Artistas como Marinello o Tiravy, entre muchos otros que podría mencionar, aun lucrarse de la reproducibilidad y la visibilidad que proporcionan las redes sociales – que al fin y al cabo, ayudan a acortar las distancias del mundo… Ellos saben que la verdadera revolución no es suprimir la norma. Por lo menos, levantarse ante la norma, situarse más allá de ella. Saben que el movimiento más efectivo del arte no es quemar las aniquiladoras ciudades, sino abandonarlas, saquear el arte y buscar la región idónea donde puedan reivindicarse, sobrevivir y tener proyección en su trabajo y su discurso. Esto que está sucediendo aquí, el nuevo Fontainebleau, el Empordà … Será un fenómeno de estudio en la posteridad, la futura vanguardia.
El arte no se puede comprender como algo separado de otras disciplinas de la vida, de otros espacios. La historia del arte se puede travesear de forma paralela. Una de las cosas que nos tenemos que plantear en la modernidad es como ha sido el arte recibido en la sociedad. Desde Walter Benjamin que las imágenes ya no son lo mismo ni son representativas del propio siglo. Hay que ver hasta qué punto o hasta dónde llega la relación entre las imágenes y el mundo.

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