Según J.S Mainer en el ensayo “El romanticismo realista”, el romanticismo proporcionó un sentimiento de unión en España aunque no fue bien recibido en sus principios. De hecho, lo cataloga en el estadio de gestación de “anémico” y “temeroso a la revolución”. La lírica romántica no triunfó hasta 1840-1842 con personajes tales como Gertrudis Gómez de Avellaneda o Ramón de Campoamor. Sin embargo, como hemos dicho, no fue bien recibido. Eugenio de Ochoa opinaba que la palabra “romanticismo” resonaba desde las profundidades de la muerte; otros autores como Antonio Maria Segovia, se preguntaban si dicha corriente se trataba de una costumbre efímera y consumible: “¿Y qué me dice Vd. de las modas? Son lo mismo que sus esclavas.” No obstante, el romanticismo pretendía, como vitoreaba Nietzsche, derribar las estatuas sofocantes e imponentes del pasado.

Personajes como Larra o Espronceda enmarcan la figura del romántico-liberal español, a pesar de que hubo diferencias definitorias entre ambos. Espronceda criticaba la influencia gubernamental sobre la poesía, diciendo que ésta ha vivido bajo los sótanos de todas las administraciones políticas. Espronceda plasma una poética democrática y vitalista, es cercano a figuras como Lord Byron o Pushkin: un escritor liberal, revolucionario, apasionado y profeta. Podemos decir que este último y Larra fueron destacables defensores del incipiente romanticismo español — que Larra llamaba “lo romanesco”— un nuevo estilo que invocaba la sencillez y la verdad para satisfacer la necesidad existencial del hombre, lejos de la elucubración política y la tiranía administrativa. Larra sentía profundo inconformismo con la sociedad que le tocó vivir. De París, donde escribió desde el exilio, Larra vuelve con una maleta repleta de los conocimientos europeos que chocaban con las negligencias españolas. Participará del entusiasmo de regenerar el estado, las estructuras, los ciudadanos, a los que había de arrancar de su condición de objetos pasivos. Larra y su ideal conformaban una utopía de mejora del mundo y de ensalzar el ser humano mediante el arte.
La figura de Larra en la cultura literaria española de la España de 1840 es un consuelo. Larra fue capaz, mediante un mordaz sarcasmo y más inteligente recurso de autoflagelación, de ofrecer una literatura liviana — el lector estaba acostumbrado a los folletines, la narrativa densa estaba en la estantería — cargada de mensaje político, de carácter abiertamente social y colectivo como en la Literatura Eslava, crítica como se había probado ya en la ópera de Charles Dickens. El “Pobre Hablador” defendía que el arte moderno — el que, por fin, se alejaba de estética mimética del realismo francés y que por fin se abría a la narratividad — combinaba todos los reflejos de opuestos, lo romanesco es una pintura que “proyecta alrededores y distancias”. Por ello, la libertad en el romanticismo de Larra es como fuego para un cigarro. Las “bellas artes”, decía, no podían ser jerarquizadas, mucho menos menospreciadas. El arte era oficio de pocos, debía ser cuidado para que preservara ese ideal de libertad.
Larra o Fígaro, situaba España en el seno de su crítica. Decía en “Rápida ojeada sobre la historia…” (1836) que la política era el “termómetro verdadero del estado de la civilización del pueblo”, que la libertad nacional — y por ende, expresiva — había estado sometida de diferentes ámbitos. Pero era profundamente esperanzador, confiaba en las futuras generaciones que, al volverse y divisar una gigante laguna, pudieran devolver a Cervantes en sus tiempos. El progreso necesitaba marchar en ideología, el progreso necesitaba escritura, escritura y escritura. En el mismo artículo lanzaba un deseo: “Esperemos que dentro de poco podamos echar los cimientos de una literatura nueva”. ¿Pero cómo debería ser esta literatura? Por supuesto, de la verdad.
Larra proclama la libertad en literatura, es la divisa de la época. No quiere la literatura reducida “a las galas del decir”, sino una literatura hija de la experiencia y de la historia, del porvenir: estudiosa, analizadora, filosófica, profunda; pensándolo y diciéndolo todo. Su implicación personal le llevó a adoptar una mirada sangrante y crítica. El artículo sobre la capital, Madrid, un año antes de su suicidio, denota una interiorización en deteriorización de la voz colectiva que Fígaro gritaba en su cúspide. En el artículo, narra que su corazón no es más que otro sepulcro. El autor cree en mentiras, en supersticiones, en utopías porque no encuentra verdades en su mundo. El artículo de la nochebuena de 1836 ilustra la absoluta desolación, en tintes románticos, es un relato de redención y prescribe los caminos literarios que le sucederán, como el realismo de Pérez Galdós, una búsqueda más exhaustiva de esa libertad y verdad española, el ideal absoluto de Larra, desencadenar el arte.

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