El otoño y los narradores de García Márquez

El otoño y los narradores de García Márquez

El otoño del patriarca (1975) de Gabriel García Márquez es la historia de la celebración de la muerte de un dictador que empieza, como todas las buenas historias, por el final: un Patriarca centenario que solo en un lugar en el mundo, su gobierno, se deshace entre los dedos del destino de la muerte. El otoño es la historia en el que mito y ficción se pintan a sí mismos, una novela mágica y sin límites que retrata la vejez de la tiranía y la muerte de un poder absoluto. Una obra que mezcla «la fábula, el misterio y la fantasía con la realidad» (Fernández García, 1993: 234).

Fue la siguiente obra extensa de Gabriel García Márquez después de la bien reconocida Cien años de soledad (1967) y de El coronel no tiene quien le escriba (1961). El otoño es una novela dinámica que se aleja bastante de El coronel no tiene quien le escriba, novela más corta y de carácter más simple. Los rasgos cruciales de esta novela sin límites, se resaltan des del primer capítulo. El texto empieza con la incursión en la Casa Presidencial y el encuentro del cadáver del Patriarca. A partir de esta escena, se desmantela el compendio de medidas narrativas atípicas que rompen las pautas y modelos de las novelas tradicionales, así como los la naturaleza de los narradores, la cronología, el ritmo de la trama y la estructura externa. De lo particular a lo general, El otoño concurre y cataloga las patrañas abusivas de la dictadura, además de exponernos las narrativas de poder que se gestan en dichas conjeturas.

La narrativa latinoamericana a partir de 1946– se implicó a crear una distancia histórica de lo que denominaron al dictador continental, «el único personaje mitológico que ha producido América Latina»(Van der Linde, 2005: 170). La caracterización de lo despótico se empezó a pintar como un poder infantilizado y sin autonomía que flota en un tiempo cíclico sin fin, en una espiral que promueve la eternidad de la tiranía. El otoño, en parte, es la recuperación del olvido historico-político y la sanación de la Patria tras siglos de enajenación e ignorancia. 

En aquel recinto prohibido que muy pocas gentes de privilegio habían logrado conocer, sentimos por primera vez el olor de carnaza de los gallinazos, percibimos su asma milenario, su instinto premonitorio, y guiándonos por el viento de putrefacción de sus aletazos encontramos en la sala de audiencia los cascarones agusanados de las vacas, sus cuartos traseros de animal femenino varias veces repetidos en los espejos de cuerpo entero, y entonces empujamos una puerta lateral que daba a una oficina disimulada en el muro, y allí lo vimos a él…»

(García Márquez, 1976: 5) 

La diégesis de El otoño es barroca, sufre de un inmenso horror vacui y de heteroglossia. Des del primer capítulo leemos las claves del compendio narrativo. El Otoño se divide en seis apartados o párrafos huérfanos de título que combinan, simultáneamente, la descripción del Patriarca, el protagonista, y la trama de su muerte que incluye anécdotas históricas, leyendas y descripciones del presente mágico. El primer capítulo da comienzo con un narrador en tercera persona, objetivo y visor, que enumera los hechos de la incursión a la Casa Presidencial, residencia del Patriarca, lugar que una vez se pensaba impenetrable: 

«Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza. Sólo entonces nos atrevimos a entrar sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros proponían, pues bastó con que alguien los empujara para que cedieran en sus goznes los portones blindados que en los tiempos heroicos de la casa habían resistido a las lombardas de William Dampier. Fue como penetrar en el ámbito de otra época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros de la vasta guarida del poder, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran arduamente visibles en la luz decrépita.»

(García Márquez, 1976: 5) 

«Fue como penetrar en el ámbito de la otra época», comenta esta voz polifónica y colectiva que a lo largo del primer capítulo mutará en una multiplicidad de narradores, pero, en resultado, resultará un narrador cronista que nos desvela la realidad de la Patria en su colofón. El narrador que primero informa de los actos cotidianos del Patriarca, progresivamente, va adentrándose en su psique para reproducir interjecciones monológicas como si fuera el mismo dictador quien escribiera la novela:

«Cuando pasó el cataclismo siguió oyendo músicas remotas en la tarde sin viento, siguió matando mosquitos y tratando de matar con las mismas palmadas las chicharras de los oídos que lo estorbaban para pensar, siguió viendo la lumbre de los incendios en el horizonte, el faro que lo atigraba de verde cada treinta segundos por entre las rendijas de las persianas, la respiración natural de la vida diaria que volvía a ser la misma a medida que su muerte se convertía en otra muerte más como otras tantas del pasado, el torrente incesante de la realidad que se lo iba llevando hacia la tierra de nadie de la compasión y el olvido, carajo, a la mierda la muerte, exclamó»

(García Márquez, 1976: 5)

El lenguaje de El otoño es dinámico e hiperbólico, entrelazando diferentes discursos que se segmentan desde el más cómico patetismo hasta el dramatismo más trágico (Castro de Lee, 1982). Así, la novela estructura un edificio repleto de claroscuros y oposiciones binarias a partir de las cuales «García Márquez busca contrarrestar y superar al crear su mundo» (Slims, 1988: 52). En conjunto, la trama es una recapitulación de crímenes, atrocidades y engaños de un país en medio del Caribe (Echevarría, 1980), historia del cual parece concentrarse en el enigma de la vida y muerte del Patriarca convertido en objeto del aura de misticismo que albergaban las nuevas novelas de dictador.

«…la vasta pernafernalia del poder y las lúgrubes glorias marciales reducidas a su tamaño humano de maricón yacente, carajo, no puede ser que ése soy yo, se dijo enfurecido, no es justo, carajo, se dijo, contemplando el cortejo que desfilaba en torno de su cadáver, y por un instante olvidó los propósitos turbios de la farsa y se sinHó ultrajado y disminuido por la inclemencia de la muerte ante la majestad del poder, vio la vida sin él, vio con una cierta compasión, como eran los hombres desamparados de su autoridad»

(García Márquez, 1976: 29)

Determinar prudentemente el tipo de narrador en El otoño es complejo. Este se asemeja a un narrador colectivo que se disputa entre el diálogo y el monólogo. Las distancias que toma el narrador buscan filmografiar diferentes secuencias y planos. Las interpelaciones usadas en simultaneidad alcanzan todos los vértices de las escenas presentadas. El código narrativo, en la línea del realismo mágico, es inverosímil, combina la leyenda con la tradición cercana a la realidad del pueblo latinoamericano. Las voces y los personajes secundarios, explican versiones divergentes, opositando una verdad absoluta, reflejando que ninguna de esas voces es capaz de desentrañar el gran secreto de la novela, que es la identidad del dictador. Una identidad fantasmagórica que se transmite intergeneracionalmente.

«Sólo cuando lo volteamos para verle la cara comprendimos que era imposible reconocerlo aunque no hubiera estado carcomido de gallinazos, porque ninguno de nosotros lo había visto nunca, y aunque su perfil estaba en ambos lados de las monedas, en las estampillas de correo, en las etiquetas de los depurativos, en los bragueros y los escapularios, y aunque su litograea enmarcada con la bandera en el pecho y el dragón de la patria estaba expuesta a todas horas en todas partes, sabíamos que eran copias de copias de retratos que ya se consideraban infieles en los tiempos del cometa, cuando nuestros propios padres sabían quién era él porque se lo habían oído contar a los suyos, como éstos a los suyos, y desde niños nos acostumbraron a creer que él estaba vivo en la casa del poder…»

(García Marquez, 1976: 7-8)

Al lector no se le ofrece una vivencia del espacio carnavalesco, se cita desde la distancia espectacular. El espacio de la novela va perdiendo credibilidad a medida que la narración toma una postura cada vez más mítica y atemporal. El cambio de enfoque constante y sin linealidad, evoca a desmentir y corroborar algunas leyendas. El lector atado a la locura de una composición dinámica y mutable, forma parte de ese misterio. Es un lector in fabula, entra y sale de la diégesis porque se le integra a partir de distintos mecanismos literarios: la inclusión de un narrador colectivo instala cierta conciencia del pueblo, la polifonía, la configuración senil de un héroe acecha la empatía del lector y la composición casi de escritura automática incita a pensar que el lector toma notas periodísticas o que divisa un reportaje documental sobre el fin de una dictadura:

«Sólo cuando lo volteamos para verle la cara comprendimos que era imposible reconocerlo aunque no hubiera estado carcomido de gallinazos, porque ninguno de nosotros lo había visto nunca, y aunque su perfil estaba en ambos lados de las monedas, en las estampillas de correo, en las etiquetas de los depurativos, en los bragueros y los escapularios, y aunque su litograea enmarcada con la bandera en el pecho y el dragón de la patria estaba expuesta a todas horas en todas partes, sabíamos que eran copias de copias de retratos que ya se consideraban infieles en los tiempos del cometa, cuando nuestros propios padres sabían quién era él porque se lo habían oído contar a los suyos, como éstos a los suyos, y desde niños nos acostumbraron a creer que él estaba vivo en la casa del poder…»

(García Marquez, 1976: 7-8)

La novela se descompone y se regenera, como el culto a la personalidad, en su mismo vacío de informaciones, pistas y lagunas de la trama.

«…y rebasaba los niveles más altos de los océanos prehistóricos, y desbordaba la faz de la tierra, y el espacio y el tiempo, y sólo quedaba él solo flotando bocabajo en el agua lunar de sus sueños de ahogado solitario, con su uniforme de lienzo de soldado raso, sus polainas, su espuela de oro, y el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada. Aquel estar simultáneo en todas partes durante los años pedregosos que precedieron a su primera muerte, aquel subir mientras bajaba, aquel extasiarse en el mar mientras agonizaba de malos amores no eran un privilegio de su naturaleza, como lo proclamaban sus aduladores, ni una alucinación multitudinaria, como decían sus críticos…»

(García Marquez, 1976: 7-8)

No hay otra forma de leer El otoño sino abandonando el horizonte de expectativas y aventurándose a la deriva de una experiencia narrativa llena de incertidumbres. Toda la trama se construye a partir de delirios, ensoñaciones y recuerdos malversados. La falta de puntos finales intensifica esta sensación de eternidad que envuelve nuestro protagonista y la novela; en su figura se solapan años, hechos, imágenes, rumores… El primer capítulo finaliza con una imagen en un presente histórico que parece avistar el fin, o otro fin, del dictador, pero deja el lector obnubilado y confuso:

«…pero él estaban tan confundido que no acertó a comprender si aquel asunto de lunáticos era de la incumbencia del gobierno, de modo que volvió al dormitorio, abrió 9la ventana del mar por si acaso descubria una luz nueva para entender el embrollo que le habían contado, y vio el acorazado de siempre que los infantes de marina habian abandonado en el muelle, y más allá del acorazado, fondeadas en el mar tenebroso, vio las tres carabelas.»

(García Márquez, 1976: 42)

García Márquez tardó casi siete años para componer una novela – como un poema, palabra por palabra – que no posee indicios de circularidad en la trama ni orden narrativo objetivo y que amalgama un compendio de anécdotas biográficas ante y post mortem del dictador. La abundancia de problemáticas lógicas, conflictos argumentales, las patrañas y los enunciados encubiertos, hacen que la novela y el mismo protagonista se vean analizados por un constante proceso de verificación. En el intento preponderante de García Márquez de hacerse dueño de las palabras y las imágenes, estas, en El otoño, experimentan una simbiosis: las palabras encuentran su lugar en un caos frenético de frases sin apenas pausas, de pensamientos que rondan en una pecera, aparecen de diferentes voces. El lector lee y visualiza el proceso de putrefacción y el descubrimiento del patetismo. Desde el primer capítulo analiza como los microsistemas trabajan nerviosamente comiéndose la carne de lo que podría ser el dictador según los cánones y de lo que podría haber sido una novela tradicional. Y, finalmente, se da cuenta que El otoño del patriarca es una obra que escapa de las pautas y moldes tradicionales porque el universo que alberga no se puede comprimir en una estructura organizada y cerrada, sino en un espacio sin límites. 

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