Una voz entre la modernidad y la miseria
Nacido en Lima en 1929, Juan Ramón Ribeyro es considerado uno de los mejores cuentistas del panorama literario latinoamericano del siglo XX. Su obra breve pero incisiva retrata, con mirada irónica y compasiva, los márgenes sociales y las contradicciones morales de la modernidad peruana.
Su primer libro de relatos, Los gallinazos sin plumas (1955), le otorgó un lugar central en la narrativa urbana latinoamericana. A esta publicación le seguirían títulos como La ciudad y los perros (1960) y Los geniecillos dominicales (1972), entre otros, consolidando una escritura enraizada en la observación minuciosa de la realidad cotidiana.
Para comprender la fuerza simbólica y narrativa de “Los gallinazos sin plumas”, es imprescindible revisar el contexto sociocultural en el que se gestó su obra. Entre los años veinte y treinta, la narrativa peruana experimentó un viraje profundo: el realismo criollista cedía paso a una literatura urbana, marcada por los procesos de modernización y desigualdad social. A mediados del siglo XX, las barriadas de Lima se habían convertido en un paisaje recurrente y la pobreza se extendía en sectores cada vez más amplios.
La investigadora Eva Valero Juan, en su tesis La ciudad en Juan Ramón Ribeyro (2001), sitúa al autor en el punto de inflexión entre el nacionalismo literario, la modernidad y la vanguardia. En sus palabras:
“La literatura peruana evolucionó por nuevos derroteros hacia el nacimiento de una nueva tradición que coexistió con la modernidad, el nacionalismo y la vanguardia.” (Valero Juan, 2001, p. 173)
Ribeyro pertenece, así, a la generación del 50, que reemplazó la mirada idealizada del campo y la sierra por una visión fragmentaria de la urbe. La ciudad —ya no como promesa de progreso sino como espacio de desposesión— se convierte en el escenario central de la experiencia humana.
“El nuevo escalón en la progresión de este ciclo se encuentra en Juan Ramón Ribeyro, quien, habiendo nacido en
1929, evoca a partir de la década del 50 este paisaje miraflorino de su niñez, también representado como idilio o arcadia.” (Valero Juan, 2001, p. 186)
En ese marco, Los gallinazos sin plumas surge como una parábola urbana sobre la degradación moral y económica de la ciudad moderna. El cuento narra la vida de dos niños, Efraín y Enrique, explotados por su abuelo, Don Santos, quien los obliga a recoger desperdicios para alimentar a un cerdo: el único sustento económico del hogar.
La ciudad como cuerpo enfermo: análisis formal
El relato funciona como una microfísica del abandono social. En él, Ribeyro retrata con crudeza el tránsito entre el mundo feudal y un capitalismo subdesarrollado, revelando una modernidad inconclusa: una Lima sumergida en la niebla, habitada por sombras húmedas. Desde sus primeras líneas, la ciudad se personifica, se vuelve organismo vivo y respirante:
“A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada.”
El amanecer no inaugura un nuevo día sino un ciclo de supervivencia. La descripción inicial introduce una atmósfera onírica y fantasmal, en la que los “gallinazos sin plumas” —los niños carroñeros— se desplazan como espectros. La urbe aparece poblada de beatas, noctámbulos, obreros y policías: una fauna humana que deambula en el límite entre lo real y lo simbólico.
La cronología del cuento se estructura a partir de la luz: la “hora celeste” del amanecer y el retorno nocturno de los niños. Este ritmo solar crea una metáfora del trabajo incesante y del tiempo detenido de la pobreza.
“La luz desvanece el mundo mágico del alba. Los gallinazos sin plumas han regresado a su nido.”
El relato prescinde de largos pasajes descriptivos: el foco está en los personajes y su tratamiento psicológico. Los espacios —la ciudad, la casa, el corral— adquieren presencia viva desde la percepción de los protagonistas, y se vuelven extensiones del miedo y la sumisión. La tensión narrativa se construye también a través del silencio: Ribeyro domina el arte de sugerir.
“Efraín ya no tenía fuerzas para quejarse. Solamente Enrique sentía crecer en su corazón un miedo extraño […] A la luz de la luna Enrique lo veía ir diez veces del chiquero a la huerta, levantando los puños, atropellando lo que encontraba en su camino.”
El silencio y el sonido sustituyen a la descripción. El lector percibe el drama acústico de la miseria —el gruñido del cerdo, los pasos del abuelo, el suspiro de los niños— como si la ciudad misma hablara a través de ellos. El estilo es sobrio, fluido y casi periodístico. Ribeyro evita la retórica ampulosa para privilegiar una economía verbal que intensifica la verosimilitud y el impacto moral del texto. El cuento, así, se abre como una radiografía de lo urbano: caótica, ambigua y coral (una heteroglossia urbanísitca).
Herencias y resonancias: Vallejo, la ciudad y la basura
La tesis de Valero Juan vincula a Ribeyro con César Vallejo, en especial con su representación de la ciudad degradada. En ambos autores, la urbe no es solo un escenario, sino una entidad moralmente activa que corrompe, margina y transforma a sus habitantes.
“En César Vallejo no encontramos únicamente la representación de la ciudad como concepto […] sino como centro explotador del universo andino.” (Valero Juan, 2001)
El eco vallejiano resuena en Ribeyro en la equivalencia entre miseria y materia orgánica. En Trilce, Vallejo habla de la “capitalización del guano” —la basura convertida en riqueza—; Ribeyro, por su parte, invierte la fórmula: en su cuento, la basura se convierte en único sustento de los pobres, en una metáfora brutal de la supervivencia urbana.
La porquería, el cerdo, la niebla y los niños carroñeros configuran un sistema simbólico donde la modernidad limeña se revela como un cuerpo enfermo: el progreso alimentado por sus propios desechos.
En Los gallinazos sin plumas sobreviven los ecos de la picaresca: la infancia marginal, la astucia, la resistencia ante la explotación. Como en el Lazarillo de Tormes, la miseria se convierte en una escuela de ingenio y degradación moral.
Pero, a diferencia del pícaro clásico, los niños de Ribeyro no encuentran redención ni ascenso social: son figuras suspendidas en un ciclo de pobreza estructural. Su relato anticipa una modernidad latinoamericana que no promete progreso sino repetición, donde la inocencia se confunde con la culpa y el hambre con el destino.
“Los gallinazos sin plumas” no solo es un cuento emblemático del realismo social peruano; es, sobre todo, una fábula trágica sobre la ciudad moderna: esa urbe que promete libertad pero devora a sus hijos.
Referencias
Juan, E. M. V. (2001). La ciudad en la obra de Julio Ramón Ribeyro (Doctoral dissertation, Universitat d’Alacant-Universidad de Alicante).

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